La inteligencia artificial salió de la era del megavatio y entró en la era del gigavatio, y los nuevos centros de datos que entrenan los grandes modelos pasaron a consumir tanta electricidad como una ciudad mediana entera, en un salto de escala que ya llevó a la industria a anunciar cerca de 190 gigavatios de capacidad repartidos por cientos de proyectos en todo el planeta.
El número asusta cuando se compara. Un solo complejo en construcción apunta por sí solo a 1 gigavatio de potencia, el equivalente al consumo de una ciudad de cientos de miles de habitantes, solo para mantener funcionando las máquinas que entrenan y responden a los modelos de IA. Y no es un caso aislado: el sector entero entró en una carrera para erigir almacenes cada vez más grandes y más hambrientos de energía.
Me imagino al lector descubriendo que cada conversación rápida con un chatbot tiene, detrás, una central eléctrica trabajando. Solemos hablar de la nube como si fuera algo ligero e invisible, pero la nube es, en realidad, un montón de edificios llenos de máquinas calientes que necesitan mucha corriente eléctrica y mucha agua para no derretirse.

Por qué entrenar IA consume tanta energía
Entrenar un gran modelo de lenguaje es repetir un cálculo gigantesco miles de millones de veces, ajustando poco a poco una red con trillones de parámetros hasta que aprenda a predecir la próxima palabra. Este proceso se ejecuta en miles de chips especializados trabajando en paralelo durante semanas o meses sin parar. Cada uno de estos chips consume energía como un pequeño horno, y un centro de datos moderno apila decenas de miles de ellos.
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A esto se suma el enfriamiento. Toda esta electricidad se convierte en calor, y demasiado calor quema el equipo. Por eso, buena parte de la factura de energía de un centro de datos no va para el cálculo en sí, sino para los sistemas que mantienen los almacenes fríos, ventiladores colosales, agua circulando y, en algunos casos, incluso inmersión de las máquinas en líquido. Es un consumo que se multiplica sobre el consumo.
Cuando la industria habla de 190 gigavatios anunciados, está sumando cientos de proyectos en diferentes etapas, desde los que ya operan hasta los que aún son planos en el papel. Pero la dirección es inequívoca: el hambre de energía de la IA crece más rápido que casi cualquier sector, y eso obliga a gobiernos y empresas a repensar de dónde vendrá toda esa electricidad.
La carga que recae sobre la red eléctrica y el agua
El problema dejó de ser técnico para convertirse en uno de infraestructura pública. En varias regiones del mundo, la llegada de un centro de datos gigante presiona la red eléctrica local, retrasa la jubilación de plantas contaminantes y compite por agua con la población, porque enfriar máquinas también consume agua. Algunas ciudades ya frenan o condicionan la construcción de estos complejos precisamente por esta presión.
Por otro lado, las empresas de tecnología buscan energía propia para no depender de la red común. Hay acuerdos para comprar la producción de plantas enteras, proyectos de energía solar y eólica dedicados e incluso apuestas en reactores nucleares pequeños para alimentar exclusivamente los centros de datos. La IA, que parecía un tema de software, se ha convertido en uno de los mayores motores de demanda de energía de la década.

La carrera por un lugar cerca de la energía barata
Este hambre de electricidad está, sin hacer ruido, rediseñando el mapa de donde vive internet. Antes, se elegía el terreno de un centro de datos por la proximidad con los usuarios, para que la respuesta llegara rápido. Ahora, el criterio que pesa cada vez más es la oferta de energía abundante y barata: regiones con mucha agua para enfriamiento, sol fuerte para panel solar o una planta dispuesta a vender producción en contrato largo se han vuelto muy codiciadas.
No por casualidad surgen complejos gigantes en lugares improbables, cerca de una presa, de un campo eólico o de una antigua área industrial con una red eléctrica robusta. Las grandes empresas de tecnología han comenzado a comportarse como industria pesada, negociando energía en volúmenes comparables a los de una siderúrgica, y los gobiernos comienzan a tratarlas como tal al planificar la expansión de la red.
Este desplazamiento trae tensión local. La llegada de un centro de datos promete empleo y recaudación, pero también hace que la factura de la luz y el uso de agua de la región aumenten, y no siempre la población ve el retorno. El debate sobre quién paga la factura de esta expansión, si el consumidor común o la empresa que lucra con la IA, apenas ha comenzado y tiende a calentarse en los próximos años.
El costo invisible de una tecnología que parece ligera
No se trata de demonizar la herramienta. La misma IA que consume ciudades de energía ayuda a descubrir medicamentos, prever el clima y optimizar la propia red eléctrica. El punto es sacar la tecnología del reino de lo abstracto y ver su cuerpo físico, los edificios, los chips, los cables y las plantas que sostienen lo que tratamos como magia de pantalla.
La pregunta incómoda que queda es de dónde vendrá toda esta electricidad en los próximos años, y a qué costo ambiental y social. Construir el centro de datos es la parte fácil y rápida; garantizar energía limpia y barata para alimentarlo es el verdadero cuello de botella, y es en él donde la era del gigavatio será puesta a prueba.
Confieso que cambié un poco la forma en que uso estas herramientas después de entender la escala detrás de ellas. No hasta el punto de parar, pero lo suficiente para recordar que nada de lo que parece etéreo en internet es gratis para el planeta. Cada uno de estos almacenes tiene dirección, consume río y ocupa red eléctrica de gente de verdad, y la factura de esta revolución apenas está comenzando a llegar para todos nosotros.
Sabiendo que cada respuesta de IA tiene una planta detrás, ¿cambia algo en la forma en que piensas usar estas herramientas?

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