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Mientras el mundo mira hacia los bosques, la ONU advierte que la Tierra también está amenazada por la degradación silenciosa de campos naturales y sabanas, ecosistemas que cubren la mitad del planeta, sostienen a miles de millones de personas y pueden agravar crisis de agua, alimento y clima.

Escrito por Geovane Souza
Publicado el 18/06/2026 a las 10:13
Actualizado el 18/06/2026 a las 10:15
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Campos naturales, sabanas y áreas abiertas sustentan a miles de millones de personas, almacenan carbono en el suelo y entran en el centro del debate global contra la sequía y la desertificación

La ONU encendió una alerta en el Día Mundial de Lucha contra la Desertificación y la Sequía, celebrado el 17 de junio, al llamar la atención sobre un grupo de ecosistemas frecuentemente dejado en segundo plano: los campos naturales, sabanas, áreas arbustivas y pastizales naturales. Estos paisajes abiertos, conocidos internacionalmente como rangelands, cubren cerca de la mitad de la superficie terrestre y sustentan directamente la vida de miles de millones de personas.

El problema es que hasta la mitad de estas áreas ya está degradada o en riesgo de degradación, en un proceso silencioso que amenaza alimentos, agua, biodiversidad y modos de vida rurales. Aunque la discusión ambiental suele concentrarse en los bosques, científicos y organismos internacionales vienen reforzando que la pérdida de campos naturales puede traer consecuencias igualmente graves.

Según el mensaje del secretario general de la ONU, António Guterres, divulgado el 17 de junio de 2026, proteger el futuro exige proteger la tierra. La declaración fue hecha en un contexto de creciente preocupación por áreas que almacenan carbono en el suelo, regulan ciclos de agua y funcionan como base para actividades como ganadería, agricultura familiar y pastoreo tradicional.

La campaña global de este año tiene como tema “Reconocer, respetar y restaurar”, con foco en los pastizales naturales y en los pueblos que dependen de ellos. La observación internacional se realizó en Kenia, país donde los sistemas pastoriles tienen fuerte peso económico, social y cultural.

La alerta global sobre tierras abiertas que sustentan a miles de millones de personas

De acuerdo con la Convención de las Naciones Unidas de Lucha contra la Desertificación, los rangelands engloban sabanas, campos naturales, áreas arbustivas, desiertos, zonas húmedas y regiones de montaña usadas por animales salvajes o rebaños. Son ecosistemas muy diferentes entre sí, pero unidos por una característica común: dependen del equilibrio entre suelo, agua, vegetación y manejo humano.

Estas áreas proporcionan carne, leche, fibras, recursos naturales y servicios ambientales esenciales. Al mismo tiempo, sirven de hábitat para innumerables especies y ayudan a mantener carbono almacenado en el suelo, un punto decisivo en la discusión sobre cambios climáticos.

La alerta de la ONU es directa porque la degradación de estos paisajes no afecta solo a comunidades rurales. Cuando el suelo pierde cobertura vegetal, fertilidad y capacidad de retener agua, la consecuencia aparece también en la inflación de los alimentos, en el abastecimiento hídrico y en el aumento de la vulnerabilidad a sequías prolongadas.

Por qué la desertificación no significa solo arena avanzando

La imagen más común asociada a la desertificación es la de dunas engullendo cultivos o aldeas. En la práctica, el fenómeno es más amplio y ocurre cuando la tierra pierde su capacidad productiva en regiones áridas, semiáridas y subhúmedas secas.

Este proceso puede ser provocado por cambios climáticos, deforestación, uso excesivo del suelo, sobrepastoreo, irrigación mal planificada y explotación inadecuada de la vegetación nativa. El resultado es una pérdida gradual de fertilidad, reducción de la infiltración de agua y aumento de la erosión.

El impacto suele ser lento, lo que hace que el problema sea más difícil de percibir. Un área degradada puede continuar pareciendo “verde” en ciertos períodos del año, pero ya no puede sostener la misma biodiversidad, productividad agrícola o capacidad de almacenar agua.

La desertificación tampoco significa que todo territorio afectado se convertirá en un desierto de arena. En muchos casos, lo que ocurre es la formación de suelos empobrecidos, compactados y vulnerables a sequías, con menor producción de alimentos y mayor dependencia de ayuda externa o migración rural.

Brasil entra en el debate con Cerrado Pampa Caatinga y Pantanal bajo presión

En Brasil, la discusión sobre campos naturales y sabanas pasa directamente por biomas como Cerrado, Pampa y Caatinga, además de áreas abiertas asociadas al Pantanal. Estos ambientes son esenciales para la biodiversidad nacional, pero muchas veces reciben menos atención pública que la Amazonía.

Según información del Ministerio del Medio Ambiente y Cambio del Clima, el Plan de Acción Brasileño de Combate a la Desertificación y Mitigación de los Efectos de la Sequía, divulgado en diciembre de 2025, prevé 38 objetivos estratégicos y 175 acciones hasta 2045. La iniciativa apunta a áreas susceptibles a la desertificación y debe alcanzar cerca de 39 millones de personas en más de 1,6 mil municipios.

La Caatinga aparece como uno de los territorios más sensibles, por reunir clima semiárido, histórico de uso intensivo de la vegetación y comunidades altamente dependientes de los recursos naturales locales. En junio de 2026, el gobierno federal también anunció el Programa Recaatingar, con meta de recuperar 10 millones de hectáreas degradadas hasta 2045.

El Cerrado, por su parte, es una sabana tropical estratégica para la producción de agua en el país. Sus raíces profundas ayudan en la infiltración de la lluvia y en el mantenimiento de manantiales, pero la conversión acelerada de vegetación nativa para uso agropecuario ha presionado suelos, ríos y especies endémicas.

En el Pampa, los campos naturales sostienen un paisaje único en el Sur del país, con fuerte relación entre ganadería, biodiversidad y cultura regional. La sustitución de estas áreas por cultivos, silvicultura y uso intensivo del suelo preocupa a los especialistas porque reduce la diversidad de plantas nativas y altera la dinámica hídrica.

La crisis del agua refuerza el riesgo de ignorar paisajes abiertos

El debate sobre campos naturales y sabanas gana fuerza en un momento de alerta para el agua en Brasil. De acuerdo con datos recientes de MapBiomas Agua, la Amazonía recuperó parte de la superficie hídrica en 2025 tras dos años de sequía severa, pero el país aún muestra una tendencia de reducción a lo largo de las últimas cuatro décadas.

El Pantanal, uno de los biomas más dependientes de la alternancia natural entre inundaciones y sequías, estuvo 56% por debajo del promedio histórico de superficie de agua en 2025. Incluso con un aumento en relación a 2024, el dato muestra que la recuperación aún está distante del patrón observado entre 1985 y 2025.

Este cambio preocupa porque campos, sabanas y áreas húmedas funcionan como estructuras naturales de regulación. Cuando la vegetación es degradada, el suelo retiene menos agua, los ríos reciben más sedimentos y los períodos secos tienden a provocar perjuicios más intensos.

La pérdida de agua no depende solo de la lluvia. También está ligada al modo en que la tierra es ocupada, a la preservación de la vegetación nativa y a la capacidad del suelo de absorber y liberar agua lentamente a lo largo del año.

Restaurar campos y sabanas también se convirtió en discusión económica

La restauración de estos paisajes no es solo un tema ambiental. Según la UNCCD, inversiones en recuperación de rangelands pueden generar un retorno de hasta US$ 35 por cada US$ 1 aplicado, considerando ganancias en productividad, retención de agua, carbono en el suelo y reducción de perjuicios causados por la degradación.

En la práctica, restaurar no significa simplemente “plantar árboles” en cualquier lugar. En campos naturales y sabanas, la recuperación necesita respetar la vegetación típica de esos ambientes, que muchas veces depende de gramíneas nativas, arbustos, raíces profundas y manejo adecuado del fuego y del pastoreo.

Este punto es importante porque transformar toda área abierta en bosque puede generar un error ecológico. En muchos casos, lo que necesita ser protegido es justamente el paisaje abierto original, con su biodiversidad propia y su función en el equilibrio del clima y del agua.

Pueblos tradicionales y pastores entran en el centro de la solución

La ONU también intenta dar visibilidad a pueblos indígenas, comunidades tradicionales, agricultores familiares y pastores que manejan estos paisajes desde hace generaciones. En varias regiones del mundo, el conocimiento local ayuda a evitar la sobrecarga del suelo y a mantener la vegetación en condiciones de regenerarse.

Según la FAO, 2026 fue declarado Año Internacional de las Pasturas Naturales y de los Pastores para destacar la importancia de estos grupos en la seguridad alimentaria, en la conservación de los ecosistemas y en la adaptación climática. La propuesta es mostrar que el manejo tradicional, cuando es apoyado por políticas públicas y ciencia, puede ser parte de la solución.

El desafío es equilibrar producción y conservación sin transformar comunidades rurales en culpables por un problema que también involucra mercado, políticas de uso de la tierra, expansión urbana, cambios climáticos y modelos de producción poco adaptados a los límites ambientales.

En Brasil, esta discusión se conecta directamente al semiárido, a los campos del sur, al Cerrado y a territorios donde la permanencia de las familias depende de asistencia técnica, seguridad hídrica, crédito adecuado y valorización de la vegetación nativa.

Qué cambia cuando estas áreas dejan de funcionar como protección natural

Campos naturales y sabanas saludables funcionan como amortiguadores contra extremos climáticos. Ayudan a retener agua, reducen erosión, sustentan polinizadores, albergan fauna silvestre y mantienen actividades económicas ligadas al campo.

Cuando estas áreas se degradan, el efecto aparece en cadena. La productividad cae, los costos de producción aumentan, las comunidades se vuelven más vulnerables a la sequía y los gobiernos pasan a gastar más en medidas de emergencia.

La degradación también afecta la biodiversidad. Muchas especies dependen de paisajes abiertos y no sobreviven en áreas convertidas para monocultivos, pastizales mal manejados o suelos expuestos.

Por eso, el mensaje de la ONU en 2026 es claro: mirar solo a los bosques no es suficiente. La protección del clima, del agua y de la seguridad alimentaria también depende de reconocer el valor de campos naturales y sabanas que, a pesar de ser discretos, sostienen parte esencial de la vida en el planeta.

La gran polémica es que muchas de estas áreas aún son tratadas como “vacíos” listos para convertirse en cultivo, pasto intensivo o emprendimiento. ¿Crees que Brasil protege poco el Cerrado, el Pampa y la Caatinga en comparación con la Amazonía, o la producción económica debe seguir siendo prioridad en estos territorios? Deja tu opinión en los comentarios.

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Geovane Souza

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