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Disparando láseres desde helicópteros sobre la Amazonía, científicos lograron «remover» digitalmente la selva y revelaron debajo de ella ciudades antiguas con miles de plataformas, caminos y pirámides, en un hallazgo que reescribe la historia del bioma y desmiente siglos de la idea de que la región era demasiado salvaje para albergar civilización.

Escrito por Bruno Teles
Publicado el 27/05/2026 a las 22:52
Actualizado el 27/05/2026 a las 22:54
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La tecnología se llama LiDAR y funciona como una especie de rayo-X hecho de luz: pulsos de láser atraviesan la copa, reflejan en el suelo y dibujan el relieve escondido. En las últimas tres temporadas de estudios, ya había mostrado pirámides cónicas en Bolivia y una metrópoli bimilenaria en Ecuador, contemporánea del Imperio Romano.

Disparando láseres desde helicópteros sobre la Amazonía, científicos lograron, en la práctica, «remover» digitalmente la selva y revelaron debajo de ella ciudades antiguas con miles de plataformas, carreteras y pirámides. El conjunto de descubrimientos, publicado en revistas como Nature y Science en los últimos cuatro años, reescribe la historia del bioma y desmiente siglos de idea de que la región era demasiado salvaje para albergar civilización a gran escala.

El giro vino con un instrumento llamado LiDAR, sigla en inglés para detección y medición por luz, que dispara pulsos de láser desde lo alto y mide el tiempo de retorno del reflejo. A partir de estos datos, es posible reconstruir un modelo tridimensional del relieve bajo la vegetación, como si la selva fuera digitalmente borrada del mapa. Fue así que arqueólogos comenzaron a ver plataformas, zanjas, carreteras elevadas y centros ceremoniales que estaban allí, escondidos, hace cientos o miles de años.

El descubrimiento en Bolivia, en 2022

Con láseres de helicópteros, científicos "remueven" la selva y revelan ciudades antiguas con plataformas, carreteras y pirámides bajo la Amazonía, reescribiendo el bioma.
Llanos de Mojos

El primer gran salto fue realizado por un equipo internacional liderado por el arqueólogo alemán Heiko Prümers, del Instituto Arqueológico Alemán, con investigadores de las universidades de Bonn y Exeter, entre otros. El estudio fue publicado en mayo de 2022 en la revista Nature y mapeó 26 sitios de la llamada cultura Casarabe, que floreció en la región de los Llanos de Mojos, en la Amazonía boliviana, entre aproximadamente 500 y 1400 d.C., cubriendo un territorio de aproximadamente 4.500 kilómetros cuadrados.

Entre los hallazgos, dos centros se destacaron por su escala: el sitio de Cotoca, con cerca de 315 hectáreas, y el de Landívar, con cerca de 147 hectáreas, equivalentes juntos a cientos de campos de fútbol. Contaban con plataformas escalonadas, pirámides cónicas de hasta 22 metros de altura, fosos y murallas defensivas, sistema de cuatro niveles jerárquicos y calzadas elevadas conectando los asentamientos. Era, en otras palabras, una forma tropical y única de urbanismo de baja densidad.

La metrópoli de Ecuador, en 2024

Con láseres de helicópteros, científicos "remueven" la selva y revelan ciudades antiguas con plataformas, caminos y pirámides bajo el Amazonas, reescribiendo el bioma.
Valle del Upano

Poco menos de dos años después, en enero de 2024, un nuevo estudio, publicado en la revista Science y liderado por el arqueólogo francés Stéphen Rostain, del CNRS, reveló un descubrimiento aún más antiguo, en el Valle del Upano, en las laderas orientales de la Cordillera de los Andes, en Ecuador. El equipo identificó más de seis mil plataformas de tierra y estructuras de plaza en un área de cerca de 300 kilómetros cuadrados, conectadas por caminos de aproximadamente 13 metros de ancho, rodeadas por tierras agrícolas y sistemas de drenaje.

El asentamiento albergaría entre 10 mil y 30 mil personas, con ocupación estimada entre 500 a.C. y algún punto entre los años 300 y 600 d.C., lo que lo haría una sociedad urbana compleja contemporánea del Imperio Romano. Para llegar a esta cronología, los investigadores usaron la datación por radiocarbono, técnica que mide la descomposición del carbono-14 en materiales orgánicos. Fue, hasta ahora, el registro más antiguo de una sociedad urbana compleja documentada en el Amazonas.

El brasileño que extrapoló para todo el bioma

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Otro nombre esencial de este cambio es el del geógrafo brasileño Vinicius Peripato, del Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales, el Inpe. En un estudio divulgado en 2023, él y su equipo analizaron cerca de 5.315 kilómetros cuadrados de datos LiDAR, originalmente recolectados para investigaciones de biomasa forestal. En un área que representa solo el 0,08% del Amazonas, identificaron 24 estructuras de terraplenado aún no detectadas, escondidas bajo la cubierta cerrada de la selva.

Más importante, al extrapolar estos números para el resto del bioma, el equipo estimó que pueden existir entre 10.272 y 23.648 grandes obras de terraplenado aún escondidas en la Amazonía, con fuerte concentración en el suroeste. El estudio también encontró correlación entre estas estructuras y la presencia de 53 especies de árboles domesticados, indicando que la selva tropical fue, en parte, moldeada por poblaciones antiguas que seleccionaban y cultivaban especies útiles a lo largo de siglos.

El Dorado, la leyenda desmontada por la ciencia

Este nuevo retrato del pasado amazónico ayuda a entender por qué la vieja leyenda de El Dorado, la mítica «ciudad del oro», nunca fue encontrada. Décadas de búsquedas llevaron a exploradores a desaparecer en la selva, como el británico Percy Fawcett, en su octava expedición en 1925, en busca de lo que él llamó «ciudad Z». La ciencia moderna, sin embargo, muestra que el problema no era la inexistencia de civilización, sino el tipo de civilización que existía allí, distinta de los modelos europeos.

El nombre El Dorado, en realidad, remite al pueblo Muisca, que vivió en los Andes de la actual Colombia. En rituales de posesión, un nuevo gobernante era cubierto con polvo de oro y seguía en una balsa hasta el centro del Lago Guatavita, a unos 75 kilómetros de Bogotá, donde ofrendas en oro eran lanzadas al agua. Una balsa votiva en oro, encontrada en una cueva en Pasca, en Colombia, retrata exactamente esta escena, evidencia arqueológica concreta del ritual. Los relatos españoles transformaron al «hombre dorado» en una ciudad ficticia de tesoros.

La «tierra negra» y la ingeniería agrícola de los antiguos

Otro misterio importante es cómo tantas personas lograron vivir en una región con suelos históricamente considerados pobres. La respuesta también sorprende: los antiguos habitantes crearon intencionalmente un suelo oscuro y fértil, conocido como Terra Preta de Índio, o Amazonian Dark Earth, en inglés. En lugar de extraer, acumulaban restos de comida, residuos orgánicos, carbón y cenizas, formando montones de compostaje que se transformaban en suelo de altísima fertilidad.

Comunidades indígenas modernas, como los Kuikuro, mantienen versiones de esta práctica hasta hoy. Este suelo oscuro retiene grandes volúmenes de carbono por siglos o incluso milenios, lo que hace a la Terra Preta también un ejemplo histórico de secuestro de carbono. Para el lector que sigue petróleo, gas y energía, este detalle no es solo curioso: se conecta directamente al debate moderno sobre mercados de carbono, transición energética y el papel de los bosques en la descarbonización global.

La Amazonía como sumidero de carbono en riesgo

Los números actuales muestran el tamaño del desafío. La Amazonía almacena, según estimaciones científicas, algo entre 150 y 200 mil millones de toneladas métricas de carbono en su vegetación y en sus suelos, cantidad comparable a las emisiones globales de CO2 de los últimos cuatro a cinco años. Cuando está intacta, la selva funciona como sumidero, es decir, retira más carbono del aire del que devuelve, ayudando a frenar el calentamiento global.

El problema es que este sumidero ha estado perdiendo fuerza. En 2019, partes de la Amazonía llegaron a emitir más carbono del que absorbieron, y la deforestación superó los 10 mil kilómetros cuadrados por año entre 2019 y 2021, antes de disminuir nuevamente en los esfuerzos de 2023 a 2025. Los incendios forestales agravan aún más el escenario, y la destrucción en curso amenaza con borrar para siempre paisajes arqueológicos y ambientales que, ahora, finalmente comienzan a ser descubiertos.

Biodiversidad aún en descubrimiento

El capítulo de las nuevas especies también es fascinante. La Amazonía alberga cerca del 10% de las especies conocidas en el planeta, y, aun así, nuevas plantas y animales continúan siendo identificados a un ritmo acelerado. Un estudio del WWF señaló 441 nuevas especies encontradas en el bioma en solo cuatro años, lo que equivale aproximadamente a un nuevo descubrimiento cada tres días. En 2024, por ejemplo, los científicos registraron una nueva anaconda verde en el norte de la selva.

Una técnica reciente ha ayudado a ampliar estos descubrimientos sin perturbar a los animales: el llamado ADN ambiental, o eDNA, que recolecta fragmentos genéticos directamente del agua de los ríos. En 2026, la investigadora Kaitlyn Romoser, de la Universidad Texas A&M, y su equipo utilizaron este método para mapear manatíes amazónicos en viajes de filtrado a lo largo del río, encontrando material genético en varios puntos sin necesidad de avistar directamente a los animales.

La selva de los pueblos originarios

Por último, vale una importante advertencia ética. La Amazonía incluye territorios de pueblos indígenas en aislamiento voluntario, algunos de los cuales nunca han tenido contacto con el mundo exterior. Por ello, los estudios científicos serios suelen evitar divulgar coordenadas precisas de los sitios más sensibles, precisamente para no atraer invasores, mineros o turismo depredador a áreas vulnerables y culturalmente vivas.

Estos descubrimientos, al final, refuerzan una idea central: la Amazonía nunca fue un desierto verde habitado solo por pequeños grupos aislados. Fue, durante milenios, hogar de sociedades complejas que moldearon el paisaje, crearon suelos fértiles, construyeron ciudades de baja densidad y cultivaron árboles seleccionados. Las comunidades indígenas actuales llevan, en sus historias orales, parte de ese conocimiento que el LiDAR apenas ahora comienza a hacer visible para el resto del mundo.

Lo que los láseres están encontrando bajo la copa de la Amazonía es, al mismo tiempo, ciencia de vanguardia y justicia histórica. Muestra que la selva nunca fue un vacío a la espera de ser descubierto, sino un territorio vivo, ocupado, transformado y cuidado por civilizaciones que Europa pensó que podía simplemente borrar del mapa. Para el presente, queda el doble desafío de continuar descubriendo lo que aún está oculto mientras se detiene la deforestación que puede destruir todo esto antes incluso de ser mapeado, con consecuencias graves para el clima global y para el patrimonio cultural de la humanidad.

¿Y a ti, qué es lo que más te impresiona de esta Amazonía revelada por los láseres? ¿Te imaginas lo que aún puede estar escondido en casi el 100% del bioma que ni siquiera ha sido escaneado? Deja tu comentario, cuéntanos qué piensas sobre estos descubrimientos y comparte el artículo con quienes se interesan por la arqueología, la ciencia y el futuro de la mayor selva tropical del planeta.

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Bruno Teles

Hablo sobre tecnología, innovación, petróleo y gas. Actualizo diariamente sobre oportunidades en el mercado brasileño. Con más de 7.000 artículos publicados en los sitios web CPG, Naval Porto Estaleiro, Mineração Brasil y Obras Construção Civil. ¿Sugerencias de temas? Envíalas a brunotelesredator@gmail.com

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