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Estudiantes brasileños de 17 años crean a Coraline, un robot animatrónico con 20 servomotores que imita gestos humanos y sigue una bota con su cámara en un proyecto de robótica artística.

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Escrito por Geovane Souza Publicado el 08/07/2026 a las 18:43 Actualizado el 08/07/2026 a las 18:44
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Coraline nació de un proyecto escolar y llamó la atención por unir materiales simples, electrónica, programación y expresión corporal en un animatrónico capaz de mover los brazos, simular gestos humanos y seguir un objeto con la cámara. El proyecto entró en el radar de la robótica artística, categoría en la que los estudiantes necesitan probar que el robot funciona en el escenario y también explicar la ingeniería detrás de él.

El robot animatrónico Coraline fue creado para imitar movimientos humanos, expresar emociones e interactuar con el entorno usando motores, placas de control y visión por cámara. En el video publicado en YouTube, la estudiante que presenta el proyecto muestra la estructura interna del animatrónico, explica el uso de circuitos para regular la alimentación de los motores y activa el robot con un interruptor de encendido-apagado.

El detalle que más llama la atención está en la locomoción. Coraline puede caminar siguiendo una pequeña bota usada como referencia visual, conforme la posición del objeto aparece en la cámara. A partir de ese punto, el sistema decide hacia dónde debe moverse el robot, una solución simple en apariencia, pero que exige integración entre software, sensores, motores y estructura física.

Según la presentación, el robot usa 20 servomotores para mover partes del cuerpo y realizar gestos como decir adiós o levantar los brazos sobre la cabeza, simulando una reacción a la lluvia.

Para quien lo ve desde afuera, parece solo una muñeca robótica moviéndose. Por dentro, el desafío es impedir que energía, peso, comandos y movimientos entren en conflicto durante la presentación.

Por dentro de Coraline, la parte eléctrica se convirtió casi en un “sistema circulatorio”

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La estudiante compara la electrónica de Coraline con un sistema circulatorio. La analogía tiene sentido porque los motores dependen de una alimentación estable para ejecutar movimientos repetidos, mientras que las placas necesitan enviar comandos sin fallos. En un robot con 20 actuadores, una caída de energía o un mal contacto puede bloquear el rendimiento entero.

El diferencial citado por el equipo está en el sistema electromecánico, pensado para mantener al robot seguro y funcional. La estructura necesita acomodar el equivalente a los “huesos” y “músculos” del animatrónico, mientras que cables, placas y reguladores trabajan como una red interna de control.

La construcción llevó cerca de seis meses hasta que Coraline pudo caminar y operar con batería durante presentaciones. Este plazo muestra una parte poco visible de la robótica educacional: antes de que el robot aparezca en el escenario, hay pruebas de peso, equilibrio, alimentación, programación y resistencia mecánica.

La bota usada como objetivo revela el lado más técnico del proyecto

La idea de hacer que el robot siga una bota parece curiosa, pero ayuda a explicar la lógica del sistema. El objeto funciona como una referencia visual. Cuando la cámara identifica la posición de la bota, el robot ajusta el movimiento para seguir el objetivo.

Este tipo de solución coloca a Coraline en una frontera interesante de la robótica escolar. No solo ejecuta gestos preprogramados, sino que también reacciona a una información captada en el ambiente. Incluso en una escala simple, esto involucra visión computacional, toma de decisiones y control de movimiento.

En la práctica, el desafío no es solo “ver” la bota. El robot necesita transformar la posición captada por la cámara en comandos compatibles con motores, ruedas o mecanismos de locomoción. Si el cálculo es inestable, Coraline puede caminar torcida, perder el objetivo o fallar en medio de la presentación.

La robótica artística exige creatividad, pero también evaluación técnica

Coraline aparece en el contexto de la robótica artística, una categoría en la que los estudiantes construyen robots para presentaciones con danza, teatro, magia, historias u otras performances. De acuerdo con la Olimpiada Brasileña de Robótica, la modalidad pasó a integrar la OBR en 2024 e involucra robots físicos creativos y autónomos, con clasificación por etapas estatales y nacionales.

El formato cambia la percepción común sobre competiciones de robótica. No basta con crear una máquina rápida o eficiente en una pista. En la robótica artística, el robot necesita comunicar algo, interactuar con personas y funcionar de forma sincronizada con la propuesta de la presentación.

Esta exigencia explica por qué un animatrónico como Coraline llama la atención. No fue pensado solo para cumplir una tarea mecánica. El proyecto intenta acercar ingeniería y expresión, usando movimientos corporales para crear un personaje reconocible en el escenario.

El equipo Pinguberry llevó a Coraline a la OBR con estudiantes de 17 años

Según información del Jornal Cruzeiro do Sul, Coraline fue presentada por el equipo Pinguberry durante la etapa regional de la Olimpiada Brasileña de Robótica en Sorocaba, el 14 de agosto de 2025. El reportaje informó que las estudiantes Catarina Morais y Giovanna Lacerda, ambas de 17 años, participaron en el desarrollo del animatrónico a lo largo de seis meses.

La misma cobertura mostró que la regional reunió a más de 130 alumnos en cerca de 40 equipos. En la modalidad artística, los proyectos eran evaluados en entrevista técnica y presentación en el escenario, lo que obliga a los propios estudiantes a explicar elecciones de programación, electrónica, sensores y mecánica.

Este punto es central para entender el peso del proyecto. Coraline no depende solo de una carcasa llamativa. Para avanzar en competiciones, el equipo necesita demostrar dominio sobre lo que fue construido, incluyendo los motivos detrás de la elección de materiales, motores, placas y sistema de alimentación.

El interés por robots que mezclan escenario e ingeniería creció en Brasil

La robótica educacional brasileña pasó a tratar arte y tecnología como áreas conectadas, y no como mundos separados. Como informó la Agencia de Noticias de la Industria el 28 de febrero de 2024, más de 2 mil estudiantes de 9 a 19 años participaron del Festival SESI de Educación en Brasilia, con robots, música, accesorios y proyectos ligados al tema arte.

Este ambiente ayuda a explicar por qué proyectos como Coraline ganan visibilidad. Un animatrónico escolar permite trabajar programación, electrónica, diseño, construcción manual, expresión corporal y narrativa en un único prototipo.

También hay un factor práctico. Materiales como PVC y cartón reducen costo y permiten prototipado rápido, mientras servomotores y placas controladoras hacen posible probar movimientos sin depender de una estructura industrial. El resultado puede no tener el acabado de robots comerciales, pero entrega aprendizaje técnico real para el equipo.

¿Crees que robots animatrónicos como Coraline deberían aparecer más en las escuelas brasileñas, o este tipo de proyecto aún está distante de la realidad de la mayoría de los estudiantes? Deja tu opinión en los comentarios y cuenta si ya has visto algún proyecto de robótica parecido.

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Geovane Souza

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