Nacida en Filadelfia, Maria Beasley se enriqueció con una máquina de fabricar barriles, pero pasó a la historia con el bote salvavidas plegable que patentó en 1882. Con 15 patentes, desde calentadores de pies hasta generadores de vapor, fue una de las inventoras más exitosas del siglo 19.
Pocos nombres resumen tan bien la ingeniosidad olvidada de las mujeres del siglo 19 como el de Maria Beasley. Según el Institute for Transportation de la Universidad Estatal de Iowa (InTrans), fue una verdadera «fuerza dinámica de la ingeniería» y, aunque hizo fortuna con máquinas industriales, fue un bote salvavidas lo que grabó su nombre en la historia de los transportes.
Entre el final de los años 1870 y el final de los años 1890, Beasley acumuló 15 patentes, que iban desde calentadores de pies hasta una de las innovaciones más importantes jamás creadas para la seguridad en el mar. En la cima de esa lista estaba su balsa salvavidas plegable, patentada en 1882 y, años después, vinculada a barcos de pasajeros, incluido el legendario Titanic.
De los barriles a la fortuna: la inventora que pocos conocen

Antes de entrar en la lista de las grandes mujeres inventoras de la historia, Maria Beasley comenzó por el lado más práctico del negocio. Nacida en Filadelfia, Pensilvania, patentó en 1878 su primera invención: una máquina de fabricar barriles. El aparato le rindió, según la fuente, un pago «sin precedentes de más de US$ 20 mil por año», el equivalente a mucho más de US$ 450 mil en la actualidad.
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La prensa de la época no dejó pasar el hecho desapercibido. En 1889, el periódico Evening Star, de Washington, escribió que Beasley había hecho «una pequeña fortuna con la máquina». Ya en 1901, el Arkansas Democrat informó que el equipo llegaba a producir 1.500 barriles por día, un volumen impresionante para la industria de aquel tiempo.
El bote salvavidas plegable que la inmortalizó

Fue, sin embargo, lejos de las líneas de producción de barriles que Beasley dejó su marca más duradera. En 1882, ella patentó un bote salvavidas plegable, proyecto que sumaría, con mejoras posteriores, dos patentes destinadas a mejorar este tipo de embarcación de salvamento.
El objetivo era claro: salvar vidas. Al igual que otros inventores de su tiempo, Beasley veía en la ingeniería una forma de hacer el transporte más seguro. De acuerdo con el InTrans, proyectos como el de ella ayudarían a salvar innumerables vidas en los años siguientes, en un período en que cruzar el océano en barco aún era un riesgo considerable.
Transatlánticos, inmigrantes y el lujo sobre las olas
Para entender el peso de la invención, es necesario mirar el escenario del cambio de siglo. Entre el final de los años 1800 y el inicio de los años 1900, millones de inmigrantes llenaban los transatlánticos en busca de una vida mejor al otro lado del Atlántico.
Al mismo tiempo, estos barcos también transportaban pasajeros ricos, ofreciendo «espacios extravagantes en el mar, comparables a los de hoteles y restaurantes de lujo». Había gente de todas las clases cruzando el océano pero no siempre había botes salvavidas suficientes para todos, una falla que pronto se mostraría trágica.
El Titanic y la prueba trágica de que los botes importaban
El ejemplo más dramático de esta laguna tiene un nombre conocido: el RMS Titanic. Durante su viaje inaugural, entre Inglaterra y Nueva York, el transatlántico británico colisionó con un iceberg y se hundió en el Atlántico en la madrugada del 15 de abril de 1912.
Había más de 2.000 personas a bordo, y más de 1.000 murieron. El barco tenía pocos botes salvavidas, pero las 20 embarcaciones disponibles aún así salvaron a cerca de 700 pasajeros y es precisamente a este tipo de bote, heredero de proyectos como el de Beasley, a los que muchos atribuyen estas vidas.
Mucho más allá del mar: calentadores, generadores y moldes para hornear
Reducir a Beasley al bote salvavidas, sin embargo, sería injusto con su creatividad. Su lista de patentes incluía desde un calentador de pies hasta bandejas y moldes para hornear, pasando por un generador de vapor, patentado en 1886, y hasta un generador de energía para vagones de tren.
No en vano, se decía que sus invenciones «no eran solo lucrativas, sino también diversas». Con 15 patentes registradas, Beasley era vista como una inventora profesional, algo rarísimo para una mujer en pleno siglo 19.
El legado de una «dínamo de la ingeniería»
Más de un siglo después, el nombre de Maria Beasley sigue apareciendo en listas de mujeres influyentes en la ingeniería y la innovación. El apodo de «fuerza dinámica de la ingeniería» resume bien una trayectoria que unió talento técnico y olfato para los negocios, en una época en que poquísimas mujeres lograban registrar siquiera una patente.
Su historia guarda, aún hoy, una lección actual. Beasley marcó la diferencia al traer algo único para el sector de transportes: sus máquinas y sus botes salvavidas. Ahora, nuevas fronteras se abren en ese mismo campo, desde la electrificación hasta la inteligencia artificial, y queda la provocación: ¿qué puede inventar cada uno de nosotros para cambiar la forma en que el mundo se mueve?
¿Y tú, ya conocías a esta inventora?
De fabricante de barriles a una de las mentes detrás del bote salvavidas moderno, Maria Beasley demostró que una buena idea puede atravesar siglos y océanos.
¿Habías oído hablar de esta inventora? ¿Crees que historias como la suya deberían ser más recordadas en las clases de historia e ingeniería? Comenta aquí abajo y etiqueta a ese amigo que ama descubrir los bastidores de las grandes invenciones.
