El problema no es el tamaño, es lo que queda atrás. Incluso años después de apagado, el corazón atómico de la embarcación aún emite radiación capaz de matar en minutos. Por eso el reactor entero es cortado, sellado y enterrado, mientras que el resto del acero obtiene una segunda vida pacífica.
Una máquina de guerra de más de 10 mil toneladas, capaz de destruir ciudades enteras, no puede simplemente convertirse en chatarra común. Desmontar un submarino nuclear retirado se ha convertido en una de las operaciones industriales más peligrosas y complejas del planeta, precisamente porque, incluso después de décadas fuera de servicio, quedan en su interior reactores y materiales radiactivos que deben ser aislados y enterrados por siglos, bajo protocolos de seguridad extremadamente estrictos.
El proceso se lleva a cabo en los Estados Unidos en una única instalación especializada, el Astillero Naval de Puget Sound, en el estado de Washington, dentro de un programa oficial de la Marina estadounidense. Antes de detallar cada etapa, vale el contexto: se trata de una operación de ingeniería y seguridad, y no de un evento dramático o accidente. A continuación, explicamos por qué estos gigantes de acero son tan difíciles de desmontar y qué sucede, paso a paso, con cada parte de la embarcación, basándonos en información de la Marina y del Departamento de Energía de los Estados Unidos.
Por qué un submarino nuclear no puede convertirse en chatarra común

A diferencia de los submarinos convencionales a diésel, un submarino nuclear es impulsado por un reactor que le permite operar por meses sumergido sin reabastecerse, y es precisamente este corazón atómico lo que convierte el desecho en un enorme desafío de ingeniería y de seguridad radiológica, incluso mucho tiempo después de que la embarcación sea desactivada.
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Estados Unidos ha construido casi 200 submarinos nucleares desde el pionero USS Nautilus, lanzado en 1954 bajo el liderazgo del almirante Hyman Rickover, recordado como el padre de la marina nuclear estadounidense.
Con el fin de la Guerra Fira, muchas de estas embarcaciones fueron gradualmente retiradas, creando un problema inédito: qué hacer con máquinas que un día fueron movidas a energía atómica y aún guardan materiales peligrosos en sus estructuras.
Submarinos lanzadores de misiles, como los de la clase Ohio, llegan a cargar decenas de misiles de largo alcance, lo que da idea del tamaño de estas embarcaciones.
El primer paso: el dique seco y la remoción del combustible
Todo comienza con la retirada de la embarcación del agua.
El submarino, que puede tener casi 170 metros de longitud, es remolcado a un gigantesco dique seco, una estructura que se drena hasta que la embarcación queda totalmente expuesta, apoyada sobre bloques de acero, mientras equipos de ingenieros nucleares monitorean continuamente los niveles de radiación y establecen zonas de acceso restringido alrededor.
El material más peligroso a bordo es el combustible de uranio irradiado del reactor, formado por cerca de 100 a 120 conjuntos.
Cada conjunto tiene aproximadamente cuatro metros y pesa cerca de 300 kilos, y, incluso con el reactor apagado hace años, puede emitir a un metro de distancia niveles de radiación altísimos, potencialmente fatales para quien se exponga directamente.
Por eso, la remoción se realiza por sistemas controlados remotamente, y cada conjunto se guarda en un contenedor de plomo de paredes gruesas, etapa que suele llevar de tres a cuatro meses.
El reactor que se convierte en un bloque sellado
Retirar el combustible, sin embargo, no elimina todo el peligro.
Durante décadas de funcionamiento, los neutrones del reactor bombardearon el acero alrededor, convirtiendo el propio metal en radiactivo en un fenómeno conocido como activación, de modo que incluso la estructura que envuelve el reactor pasa a ser tratada como residuo peligroso, lo que exige una solución especial.
En lugar de desmontar el reactor pieza por pieza, lo que sería arriesgado y podría esparcir contaminación, los ingenieros optan por remover el compartimento entero como una única estructura.
Se corta con sopletes de oxígeno y acetileno, cuya llama alcanza cerca de 3.200 grados Celsius, capaz de atravesar el acero grueso del casco.
El resultado es un cilindro gigante, con aproximadamente 10 metros de longitud, casi 9 de diámetro y cerca de 100 toneladas, que tiene todas las aberturas cubiertas con chapas de acero y completamente soldadas para evitar cualquier fuga.
Enterrado por más de seis siglos
El destino de este bloque sellado es el punto más impresionante de la operación.
Los compartimentos de reactor sellados son transportados por balsa y por vehículos especiales hasta el sitio de Hanford, en el este de Washington, donde son depositados en una zanja conocida como Trench 94, diseñada para mantener su integridad por más de 600 años antes de cualquier riesgo de fuga, según evaluaciones de la Marina estadounidense.
Es importante corregir un número que suele circular: aunque se habla popularmente de algunas centenas de años, las estimaciones oficiales del programa indican que los recipientes deben permanecer seguros por más de seis siglos, y que una fuga real solo sería posible después de miles de años.
El primer compartimento llegó a Hanford en 1986, y desde entonces más de 140 estructuras similares, provenientes de submarinos y otros barcos nucleares, ya han sido enterradas allí, en uno de los mayores depósitos de este tipo en el mundo.
La descontaminación del resto de la embarcación
Incluso sin el reactor, el submarino aún no está limpio.
Durante décadas, el líquido de refrigeración circuló por kilómetros de tuberías, dejando depósitos radiactivos en las superficies metálicas, de modo que incluso la fina capa de óxido en el interior de los tubos puede continuar emitiendo radiación por años, requiriendo un cuidadoso proceso de limpieza química.
Para ello, técnicos vestidos con trajes de protección sellados inspeccionan cada sección en busca de puntos contaminados.
A continuación, una solución ácida circula por el sistema, disolviendo la capa de óxido radiactivo, que es entonces capturada por resinas especiales.
Este material se convierte en residuo radiactivo, mezclado con cemento y sellado en recipientes propios.
Componentes que no pueden ser descontaminados son separados o envueltos en concreto y enviados a depósitos de residuos nucleares. Solo después de miles de inspecciones es que el resto del metal puede ser tratado como chatarra industrial común.
El acero de guerra que se convierte en puente
Es en la etapa final que la historia adquiere un contorno simbólico.
El casco de un submarino nuclear está hecho de una aleación de grado militar, con 8 a 10 centímetros de espesor, diseñada para resistir la presión de cientos de metros de profundidad, y por eso necesita ser cortado con cortadores de plasma y lanzas de oxígeno que alcanzan temperaturas altísimas, en el orden de miles de grados, capaces de derretir el acero en segundos.
Una vez certificado como libre de contaminación, este acero de altísima resistencia, rico en níquel, cromo y molibdeno, es fundido en hornos eléctricos y transformado en láminas nuevas, que pueden convertirse en vigas de puentes y componentes de infraestructura.
Cobre, titanio y aluminio también son recuperados y reutilizados.
Así, el metal que un día navegó silenciosamente bajo los océanos como parte de un arma de guerra gana una segunda vida en obras civiles, en una curiosa paradoja de la tecnología moderna.
Un desafío que Brasil también enfrentará
El tema tiene relevancia creciente para el país.
Brasil desarrolla, en el ámbito de su programa de submarinos, el Álvaro Alberto, que será el primer submarino nuclear brasileño, lo que significa que, en el futuro, el país también tendrá que lidiar con el complejo desafío de operar y, un día, desechar de manera segura este tipo de embarcación y sus materiales radiactivos.
Por eso, seguir cómo potencias como Estados Unidos resuelven el desmantelamiento de submarinos nucleares ayuda a entender la dimensión técnica, ambiental y financiera que acompaña el ingreso en un selecto grupo de países con propulsión nuclear naval.
No se trata solo de construir y operar la embarcación, sino de asumir un compromiso a muy largo plazo con la seguridad nuclear, que se extiende por siglos después del fin de la vida útil del submarino.
El desmantelamiento de un submarino nuclear es una de esas operaciones que muestran cuánto la tecnología de guerra conlleva responsabilidades que duran mucho más allá del campo de batalla.
Desde la cuidadosa remoción del combustible hasta el entierro del reactor por más de seiscientos años, cada etapa revela la complejidad de lidiar con el legado de la era atómica.
Al mismo tiempo, el reaprovechamiento del acero y de otros metales en obras civiles trae un mensaje simbólico poderoso: que incluso las máquinas creadas para la destrucción pueden, al final de su jornada, contribuir a usos pacíficos.
¿Y tú, ya tenías idea de la complejidad y los riesgos involucrados en el desmantelamiento de un submarino nuclear? ¿Qué opinas del hecho de que estos reactores necesiten estar aislados por siglos? Deja tu comentario, comparte tu opinión y ayuda a divulgar el artículo para quienes se interesan por tecnología, ingeniería naval y energía nuclear.

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